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Viernes, 27 Octubre 2023 14:32

¿Por qué mucha gente votó a alguien con quien está peor que nunca?

Volvé a escuchar el comentario editorial de Cristina Pérez en Cristina Sin Vueltas

¿Por qué mucha gente votó a alguien con quien está peor que nunca?

Este año se discutió el fenómeno Milei como un vehículo del enojo de la gente con la política por las sucesivas decepciones con gobiernos que no resolvieron los problemas. Esa transacción según la cual, el ciudadano vota y la política da respuestas, se había dañado tanto, con los permanentes fracasos que dañaba directamente el sentido de ir a votar. Esos descreídos se dividían entre Milei y el ausentismo. Una nueva forma de Que se vayan todos o Nos vamos nosotros del sistema porque no da respuestas.

Para muchos, Javier Milei, por no haber estado antes, representaba un cambio más nítido. Para otros era un cambio demasiado riesgoso e incluso populista. Y entre esos dos matices se dividió el voto de la oposición. Ya se sabe que cuando uno de los polos se divide, el otro gana, y eso terminó pasando. Ganó el peronismo. Lo que nadie pensaba: que pudiera terminar imponiéndose un ministro bajo cuyo mando la economía es un desastre y la pobreza vuelve a tocar records.

Ya sabemos qué les pasó a los votantes opositores. Pero qué les pasó a los votantes oficialistas es un dilema mucho más profundo. La respuesta sencilla es que a Sergio Massa lo votaron quienes tienen dependencia económica del estado. Pero si ahondamos el análisis el asunto es más complejo. Hay sectores medios bajos y bajos que votaron a Javier Milei o a Patricia Bullrich.

¿Qué le pasa a la gente que está mal y no quiere cambiar para estar mejor? O no cree que sea posible estar mejor con un cambio, o vota por tradición, o ganó en ellos otra emoción: la del miedo. Es posible que en una porción haya ganado el miedo. La engañosa campaña mostrando el precio del boleto de tren o colectivo sin subsidio en caso de que ganara Milei o Bullrich en las pantallas de estaciones o en la carga de la tarjeta SUBE fue una bala que entró, por ejemplo. A pesar del espurio uso de recursos oficiales para materializarla un día antes del comicio. Y a pesar de que los valores que mostraba ni siquiera coincidían con el precio real según lo que se le desembolsa de subsidio a las compañías de colectivos. Esos fueron algunos de los votos del miedo, por ejemplo.

Pero también hay votos para mantener todo como está que directamente privilegian una estabilidad de pobreza, como si no creyeran que algo mejor es posible. Ahí es donde venció la resignación. Al día siguiente de la elección, los noticieros volvieron a mostrar los asaltos brutales a trabajadores en el conurbano, los aumentos de precios, la escasez de productos, los colegios que cierran y en estas horas, que el país se quedó sin combustible. ¿Eso votaron? Sobre todo, porque la mayor acumulación de penurias coincide con las zonas donde más ganó el peronismo. La perversa red clientelar fideliza una dependencia tan profunda que no deja ni resquicios de rebeldía. Aunque el estado presente sea un slogan porque sólo reciben migajas, aparece la pobreza como gran domesticador.

Lo único que explica que Sergio Massa haya sido la opción más votada es la división de la oposición. Pero la mera contemplación de la miseria hace preguntar si ya no hay esperanza en quienes más la padecen o por qué su mayor horizonte es quedarse como están. Los expertos hablan de un paisaje novedoso con pobres estructurales de tres generaciones en la pobreza. Es decir, ciudadanos que no conocieron otra cosa y para quienes la pobreza es casi un destino. El populismo kirchnerista trajo consigo una romantización de la pobreza a la que acompañó de la exaltación de la dádiva como si la dádiva sustituyera a los derechos o a la capacidad de autonomía. Ahí está su público cautivo, que volvió a votar la misma pobreza que padece.

Y, sin embargo, hay un porcentaje mayoritario de argentinos que votaron por un cambio. En estas horas la oposición se debate crudamente entre unir fuerzas para vencer o hacer prevalecer las diferencias. Independientemente de lo que hagan los dirigentes, los ciudadanos son los que determinarán si hacen causa común con la opción de cambio que prevaleció, siendo la más extrema, la más novedosa y también la más frágil en estructura. Un cambio de raíz generó más esperanza que un cambio ordenado. A 23 días del ballotage, los dirigentes que sepan interpretar hacia dónde irá la sociedad, serán los nuevos líderes o los que revaliden sus credenciales.

Lamentablemente, sin alternancia, no existe el estímulo para que los que hacen mal las cosas, tengan la menor intención de cambiarlas, si a pesar de esta miseria vuelven a ganar las elecciones. Lo más probable es que así, sólo sigan viajando en yates de lujo.