EL CUERPO NO CAE DE ARRIBA: SE CONSTRUYE.
Hoy, en un nuevo episodio de Clandestina, converso con Cristian Ariel Quevedo, coach transformacional, 37 años, y una mirada que atraviesa toda la charla: el cambio real no se sostiene con planes eternos ni con rutinas vividas como castigo. Para Cristian, el objetivo no es depender de un método, sino empoderarse, apropiarse de las herramientas y poder seguir solo.
Su trabajo propone un enfoque integral. No alcanza con un plan nutricional o una rutina si la persona queda a la deriva emocionalmente. Cuando el cambio se basa en privación, aislamiento y culpa, puede dar resultados rápidos, pero no dura. Por eso insiste en trabajar la aceptación, salir del rol de víctima y animarse a mirarse de frente. Entender que los resultados que tenemos hoy son consecuencia de decisiones, hábitos y creencias que se fueron repitiendo.
A lo largo de la charla, Cristian pone el foco en la calidad de pensamientos, en la autoestima y en la fe de que se puede cambiar. Porque quien realmente cree que no puede, no cambia. Y quien se compromete de verdad, sí. De ahí su propuesta de desafíos de 90 días, con objetivos ambiciosos y trabajo en equipo. No trabaja con cualquiera: le importa que el alumno cambie.
Hay una frase que condensa su mirada: las personas cambian cuando ya dolió lo suficiente. Cuando están hartas de su realidad y entienden que no van a transformarla haciendo lo mismo, con el mismo entorno. El acompañamiento, la comunidad y la responsabilidad compartida aparecen como claves del proceso.
El cierre es directo y sin vueltas: no esperes al 2026. No esperes al lunes. El cambio empieza ahora. El presente es lo único que tenemos. Y nada —ni el cuerpo, ni la vida, ni el bienestar— cae de arriba. Todo se construye, decisión por decisión, día a día.
? Escuchá el episodio completo en Clandestina
? Cristian Quevedo en Instagram: @qv2training
A veces enfermamos por pertenecer
EL PRECIO DE ENCAJAR
Hoy, en un nuevo episodio de Clandestina, estoy con Marcelo Brosky, un hombre que llegó a su vocación por un camino que no figura en los diplomas: el del dolor, la incomodidad y la búsqueda de un lugar propio en un mundo que le pedía ser alguien que no era. Psicólogo, coach ontológico y constelador familiar, Marcelo es de los que primero se curan a sí mismos para después poder acompañar a otros.
Su historia empieza ahí donde muchos se rompen: en sentirse la oveja negra, en no encajar en los mandatos familiares, en crecer con la sensación de estar fallando siempre alguna expectativa. Y fue justamente en ese desajuste —en ese no ser lo que se esperaba— donde apareció su primer aprendizaje: entender que pertenecer no tiene que ver con cumplir, sino con aceptarse.
Marcelo habla de aceptación y también de asentimiento, una diferencia clave en su mirada. Asentir es decir sí a lo que fue, sí a la historia que nos tocó, sí a los padres que tuvimos y a la infancia que quizá no elegimos. No para resignarse, sino para dejar de pelear con lo que no se puede cambiar y empezar a vivir con más liviandad. Porque, como él dice, siempre estamos a tiempo de tener un pasado feliz: no porque podamos cambiarlo, sino porque podemos mirarlo con otros ojos y dejarnos en paz con lo vivido.
Esa paz tuvo un día concreto. El día en que se preguntó si estaría donde estaba si al día siguiente fuera el último de su vida. La respuesta lo llevó a romper una estructura entera: salió del clóset, dejó de sostener mandatos, eligió su verdad. Durante años había cargado cincuenta kilos que no eran solo físicos: eran historia, miedo, culpa y silencios. Hasta que eligió coherencia. Vivir como piensa, como siente, como es.
Hoy, Marcelo acompaña a otros en ese mismo proceso: soltar el peso de encajar en un mundo que empuja a compararse, a desear vidas ajenas y a confundirse frente a ideales que se ven perfectos en redes, pero lejos están de la realidad. Su palabra aparece ahí donde la frustración hace ruido y recuerda algo esencial, aunque muchas veces olvidado: el sentido de la vida es solamente vivir. Y que, mientras lo buscamos afuera, a veces se nos va la vida misma.
Trabaja en Argentina, México, Paraguay y Estados Unidos. Su mirada viaja porque el dolor humano es universal, porque los mandatos se repiten en cualquier idioma y porque, como dice él, la vida es corta… pero bien vivida, alcanza.
En redes, Marcelo comparte reflexiones sobre pertenencia, aceptación, vínculos y procesos de sanación desde una mirada profunda, clara y sin fórmulas mágicas. Acompaña a personas y grupos en procesos terapéuticos, formativos y de constelaciones familiares, siempre con una premisa: dejar de pelear con la propia historia para poder vivir con más paz.
Marcelo Brosky
Psicólogo · Coach ontológico · Constelador familiar
Instagram: @marcelobrosky
¿QUÉ DEVUELVE LA CÁRCEL AL HOGAR?
Una condena no encierra solo a una persona: desordena a toda una familia que paga culpas que no le pertenecen. La cárcel también se vive puertas adentro.
Hoy, en un nuevo episodio de Clandestina, entramos en un mundo que casi nunca se mira de frente: el de la cárcel contada desde afuera. Desde las vidas que no están detenidas… pero igual cumplen condena.
En esta charla conversamos con dos mujeres que abren una puerta que duele mirar: Mabel Colman, que comparte su historia personal, y Analia Quispe, integrante de ACIFAD y voz fundamental para entender cómo viven las familias este sistema.
ACIFAD es la Asociación de Familiares de Personas Detenidas. Un territorio sostenido casi por completo por mujeres: madres, hermanas, parejas que hacen filas interminables, cargan trámites imposibles, viajan kilómetros y absorben culpas que no les pertenecen. Mujeres que aprendieron a sostener silencios que pesan más que cualquier reja.
En 2024, Benjamín Ávila llevó al cine la historia de la fundadora, Andrea Casamento, en La mujer de la fila, con Natalia Oreiro. Andrea pidió una sola condición:
“No quiero extras. Quiero que mis compañeras hagan de sí mismas.”
Porque nadie puede actuar algo que se vive todos los días.
Entre esas mujeres está Mabel.
Su hijo está detenido hace siete años en la Unidad 1 de Lisandro Olmos, en La Plata. Lo confundieron, lo acusaron de integrar una banda vinculada a varios robos y a un hecho con víctima fatal. Ella escuchó una frase que en Argentina se repite demasiado: “Es una causa armada.”
Chicos inocentes condenados mientras los verdaderos responsables siguen libres.
Su hijo recibió 30 años.
Y no: no es un caso aislado.
La mitad de las mujeres de ACIFAD tiene hijos presos por delitos que no cometieron.
Perpetuas, condenas desmedidas, preventivas eternas.
Porque cuando la justicia falla, la condena no cae sobre uno: cae sobre todos.
Y en ese “todos” hay un grupo que duele nombrar: los niños de la cárcel.
Por cada persona detenida, cinco quedan afectadas. Dos de ellas, menores.
Más de 600.000 personas viven hoy atravesadas por el sistema penitenciario.
Mabel tiene dos hijos: el mayor, detenido.
Y Fausto, de diez años.
Cuando todo empezó, él tenía tres. Para protegerlo, Mabel repetía: “Vamos al trabajo de tu hermano.”
Hasta que un día leyó un cartel: CÁRCEL.
Y la conversación imposible llegó como llega todo en estas historias: antes de tiempo.
Porque la cárcel no entra sola a una casa. Entra con preguntas que queman:
¿Qué digo en el trabajo?
¿A quién le cuento?
¿Si digo la verdad me despiden?
¿Cómo acompaño a un hijo sin romper al otro?
Para las familias existen tres tiempos:
El allanamiento, donde todo es caos.
El juicio, donde el futuro queda reducido a un número.
La libertad, ese día tan esperado… como desorientador.
Te devuelven a tu hijo con un papel y un pasaje.
Pero nadie pregunta qué vuelve —y qué no vuelve— a ese hogar después de tantos años.
Mabel sigue en el segundo tiempo.
Y aun así sostiene una certeza que no negocia: “Mi hijo es mi héroe.”
Esta es su historia.
Y también la historia de cientos de mujeres que cada semana hacen la fila bajo el frío, el sol o la lluvia. Mujeres que sostienen, acompañan y resisten en un sistema que las prefiere invisibles.
Porque la cárcel no encierra a uno.
Encierra a un país entero que todavía no sabe qué hacer con quienes esperan afuera.
Para conocer más sobre el trabajo de la asociación y sus programas de acompañamiento:
ACIFAD — Redes oficiales
Instagram: @acifad_
SANA QUIEN INSISTE
“¿Cuánto tiempo más te tiene que doler para animarte a cambiar?”
En un nuevo episodio de Clandestina conversamos con Mariana Gómez Badia, consteladora familiar, especializada en trauma, escritora best seller y artista.
Una mujer que llegó a las constelaciones creyendo que su problema eran los 120 kilos… y terminó encontrando su verdad.
A los 18 años entró a un taller convencida de que lo peor que le pasaba era su peso: el bullying, la vergüenza, no encontrar ropa.
Pero lo que parecía el problema… era el síntoma.
Frente a una facilitadora que no conocía su historia, apareció lo que nunca se había dicho en su familia: el duelo silencioso por el suicidio de su mamá cuando tenía nueve años.
Ese día entendió que comer era sobrevivir, que la delgadez estaba asociada a la muerte porque su mamá murió anoréxica, y que la comida —para ella— también era madre, nutrición y amor.
La pregunta que la partió fue simple:
“¿No será que cada vez que comés te estás intentando llenar del amor que te faltó?”
Salió distinta.
El cuerpo era el mismo, pero la historia no.
Desde entonces se formó en constelaciones, trauma y regresiones.
Aprendió a mirar su historia sin filtros, a aceptar vínculos rotos, a honrar a quienes la criaron y a entender que sanar no es olvidar: es ordenar.
Hoy acompaña a miles de personas y creó un formato propio: constelaciones en el teatro, un espacio donde la gente ríe, llora y se reconoce.
Siempre alguien le dice: “Ojalá hubiera hecho esto antes.”
Y ella responde: “La herramienta llega cuando estás disponible.”
Su próxima función es el 11 de diciembre en Teatro Bar La Plata.
En Instagram: @ecosdelalmaok
En esta charla hablamos del autosabotaje, del piloto automático y del estado adulto: ese lugar donde uno deja de reaccionar desde la herida y empieza a decidir desde la conciencia.
“Después” se convierte en nunca.
El adulto piensa, frena y pone límites.
También hablamos de sus libros Romper el ciclo y Sana quien insiste: dos maneras de nombrar un mismo camino.
Dejar de repetir mandatos que no nos pertenecen y animarse a mirar lo que todavía duele.
Y queda una pregunta suspendida en el aire:
¿Cuánto tiempo más te tiene que doler para animarte a cambiar?
“Bebés reborn: ¿juego, sanación o locura?”
Detrás del realismo extremo, las críticas y la “locura”, hay historias de duelo, compañía y sanación que un reborn puede despertar. Un mundo donde nada es tan simple como parece.
En un nuevo episodio de Clandestina conversamos con Milagros Padilla, una joven artista que trabaja en uno de los oficios más desconocidos y emocionantes: los bebés reborn, muñecos hiperrealistas capaces de activar recuerdos, acompañar duelos y devolverle a alguien la ilusión de un abrazo.
Milagros llegó con Scarlett, una bebé reborn creada por su mamá. Cuando me la apoyó en los brazos pensé lo mismo que cualquiera la primera vez: “tiene olor a bebé”. Y sí: tiene peso, movimiento y presencia. Lo que para algunos es un muñeco, para muchos es arte, memoria y compañía.
La historia empieza con su mamá, una mujer creyente que soñó que debía crear bebés realistas. En 2010 viajó a Alemania a formarse en esta técnica nacida tras la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de mujeres buscaban una forma de acompañar duelos imposibles. Volvió con una certeza: ese era su camino. Abrió Tiernos Angelitos y empezó a enseñar cuando nadie sabía de este arte.
Milagros creció entre pinturas y hornos. Empezó sacando fotos y opinando. A los 17 ya estaba en el taller. En 2019 lanzó su marca: Tu Bebé Favorito. Hoy trabajan juntas, madre e hija.
Crear un reborn no es un hobby: es técnica y precisión. Capas de pintura horneadas, pelo injertado uno por uno, peso logrado con microesferas de vidrio, aroma colocado en el cuerpo de tela.
Los primeros clientes fueron coleccionistas y personas mayores. Hoy son niñas —y también quienes atraviesan duelos perinatales, depresión o autismo. No reemplazan nada, pero acompañan de un modo que a veces ningún tratamiento logra.
Milagros recuerda una historia que la marcó: una mujer que pidió la réplica de su bebé fallecido. Cuando lo vio tembló, lloró, repetía “no lo puedo creer”. Su marido también lloró al alzarlo. No era un muñeco: era un puente.
También hubo críticas. “A mi mamá en 2010 le desearon la muerte por hacer muñecos”, dice. A ella le dicen que es una locura. Y responde desde un solo lugar: el arte. “Sabemos que no reemplaza a un bebé real. Pero si ayuda a sanar… ¿por qué juzgarlo?”
Hoy vive de este oficio. Hace hasta 20 bebés por mes, desde 450 mil pesos, incluidas réplicas, mellizos o bebés con síndrome de Down para promover inclusión. Tiene clientas en todo el país.
Cuando le pregunto por su mamá, se quiebra: “Mi mamá es una guerrera. Gracias a ella pude crecer en este arte y construir mi futuro.”
Y queda una frase suspendida: “El arte sana.”
Sana el duelo, la memoria y hasta esa infancia que pide volver.
Su trabajo: @tubebefavorito1
EVADIR TE CAMBIA LA VIDA
“Cuando el agua te llega al cuello, escuchá tu corazón.”
En un nuevo episodio de Clandestina, estoy con un hombre que vivió algo que muchos opinan desde afuera, pero pocos conocen de verdad.
Su nombre es Cristian Debarre. Cordobés, casado hace más de veinte años, padre de cuatro hijos y autor del libro Yo estuve ahí, donde relata una experiencia que le cambió la vida para siempre: su detención en plena pandemia por una causa de evasión impositiva.
Lo que cuenta no es cómodo. No es fácil. No es común escucharlo fuera de los pasillos judiciales o de las mesas donde la gente opina sin haber pisado una celda.
Pero Cristian lo vivió desde adentro.
Una empresa del rubro call center, asfixiada por la crisis del 2020, tomó una decisión desesperada para sostener lo que ya no podía sostenerse: dejar de pagar el IVA. Una salida que terminó siendo una trampa.
Lo que parecía una medida momentánea derivó en algo impensado: una detención que Cristian jamás imaginó.
“Nunca pensé que me iba a pasar algo así”, dice.
Adentro, todo fue distinto.
“Entrás y te ven. Te miden. Te analizan.”
No podés llorar. No podés quebrarte. No podés mostrar vulnerabilidad, porque eso se vuelve en tu contra.
Pero quizás lo más duro no fue la celda.
Fue la mirada social.
Y ahí aparece una verdad incómoda, que Cristian no esconde: él también juzgaba.
“Pasaba por la cárcel de Córdoba y decía: ‘Hay que tirar un lanzallamas para allá.’”
Lo pensaba sin conocer. Lo decía como lo dicen miles.
Hasta que un día le tocó a él.
Afuera, la condena sigue:
• Perder el trabajo.
• Perder espacios.
• Perder vínculos.
La cárcel marca. Pero la sociedad marca más.
Y aunque la historia ya era dura, todavía faltaba algo más.
En una segunda detención, Cristian volvió a la UCA —un pequeño centro de tránsito previo a la cárcel de Bouwer, Córdoba—.
Esta vez no fue solo encierro: fue tortura.
Una sala con camillas manchadas de orina, calor insoportable, insultos detrás de una ventanita y diecisiete horas atado ahí.
La tapa de su libro no es una metáfora: es casi una foto de ese lugar.
“La gente cree que un empleador es un millonario. No tienen idea de la presión que uno carga.”
Cristian tuvo tres operaciones de columna. Y hoy entiende que no eran hernias: eran años sosteniendo lo insostenible. Su corazón le decía que cerrara la empresa. No lo hizo.
“Y mirá cómo terminé”, dice sin dramatismo, pero con verdad.
Porque juzgar es fácil… hasta que te toca.
Episodio completo en Spotify y en Radio Rivadavia AM 630 – Clandestina.
LA DAMA DE LOS FIERROS
“A los 15 años manejaba por Panamericana como la nada misma. Mi papá me retaba si iba despacio.”
Hoy, en un nuevo episodio de Clandestina, estoy con una mujer que aprendió a reinventarse entre el ruido de los motores y el silencio del dolor.
Candelaria Tornquist fabrica autos clásicos en aluminio que parecen del pasado, pero lo que realmente construye es futuro.
Viuda, mamá de tres, heredera de una historia de fierros y de amor, aprendió que la vida no siempre se elige, pero sí se decide cómo seguir.
Hija de Marcelo Tornquist, piloto del equipo Peugeot, creció entre talleres, tuercas y autos.
Desde chica aprendió a manejar, a desafiar los límites y a convivir con la velocidad.
Y más tarde, junto a Pini Manacardo, su marido y compañero de vida, fundó Reklus Cars, una fábrica donde se crean réplicas de autos clásicos con la misma pasión con la que se construye una familia.
Cuando Pini falleció, Candelaria se quedó sola con tres hijos.
Y con una fábrica.
El ruido de los motores se mezcló con el silencio del duelo.
Pero ella no se detuvo.
“Trabajo desde los 15 años. No sé hacer otra cosa que trabajar. No tenía otra posibilidad que no seguir.”
En Reklus Cars, cada auto se fabrica a mano, con mecánicas originales.
Cada pieza lleva tiempo, paciencia y precisión.
Como su proceso para volver a levantarse.
“Yo lo amé con locura y pasión. Y tuve la suerte de formar una familia con la persona que amé. No podía quedarme en la cama llorando: tenía que mostrarles a mis hijos que siempre se puede salir adelante.”
El trabajo se convirtió en refugio.
La fábrica siguió andando.
Y ella también.
En un mundo de hombres, donde todavía hay clubes que no dejan entrar mujeres, Candelaria no pide permiso: lidera, decide y educa a sus hijos con la misma firmeza con la que marca cada chasis.
“El problema no lo tengo yo, lo tienen ellos. Yo no me creo un hombre, pero sé que puedo hacer lo mismo que uno.”
Hoy sus hijos crecieron: uno trabaja con ella, otro juega al rugby y la menor canta y estudia comunicación.
Los tres aprendieron a manejar, pero, sobre todo, aprendieron a resistir.
El duelo, la maternidad y la soledad fueron un camino, no una decisión.
“Aprendí que el dolor de tus hijos es indescriptible. Todo el resto es cotillón.
La vida te enseña que lo único importante son los afectos. Hoy disfruto lo simple: un domingo en casa, todos en pijama, haciendo un asado. Eso es vida. Lo más simple es lo que te llena.”
Candelaria Tornquist fabrica autos que parecen del pasado, pero lo que realmente construye es futuro.
Porque seguir sola no es resistir:
es reconstruirse, honrar lo vivido y seguir creando belleza, incluso desde el dolor.
La entrevista completa está en Spotify y en Podcast Rivadavia Clandestina.
Clandestina — Alejo Rodríguez
"Despedir con empatía también es liderar"
En un nuevo episodio de Clandestina, conversamos con Alejo Rodríguez, profesional de Recursos Humanos, autor del libro Donde las personas prosperan, los negocios crecen, y con más de veinte años de experiencia en una multinacional liderando equipos en toda la región.
Durante años midió resultados, estrategias y objetivos, hasta que un día entendió que había algo que las planillas no mostraban: cómo se siente la gente que sostiene esos números.
“Prosperar no es ganar más dinero. Es alcanzar tu mejor vida posible también dentro del trabajo”, dice.
En su libro Donde las personas prosperan, los negocios crecen, Alejo propone una nueva manera de entender el liderazgo y la gestión: poner a las personas en el centro para que los resultados sean sostenibles.
El libro combina experiencia y propósito: ofrece herramientas para medir y gestionar la prosperidad dentro de las organizaciones, pero también invita a mirar hacia adentro, a repensar el modo en que trabajamos, lideramos y acompañamos.
Habla de confianza, bienestar, propósito y empatía.
De cómo una cultura basada en el respeto puede transformar tanto los números como las vidas que hay detrás.
“Los resultados importan —claro—, pero no se sostienen sin bienestar. Las compañías más fuertes son las que entienden que la productividad nace del compromiso, y el compromiso, de sentirse bien.”
En esta charla también hay lugar para los momentos más difíciles: cuando toca despedir a alguien.
“Así como somos el mejor lugar para trabajar en los buenos momentos, tenemos que ser el número uno en los malos”, dice.
Y agrega: “Despedir puede ser doloroso, pero si se hace con respeto y empatía, el vínculo no se rompe. A veces dejar ir a una persona le hace mejor que mantenerla adentro.”
Habla del poder de acompañar, de mirar a los ojos, de explicar sin esconder.
De entender que liderar no es solo conducir equipos, sino también cuidar personas, incluso cuando el camino se bifurca.
Su mirada combina experiencia y sensibilidad.
Habla del trabajo, pero en el fondo habla de la vida: de la coherencia, de la confianza y de la necesidad de devolverle humanidad a las decisiones difíciles.
Una conversación sobre liderazgo, respeto y empatía.
Porque cuando las personas prosperan —incluso en los finales—, los negocios, y la vida, también lo hacen.
Escuchá la entrevista completa en Clandestina, las charlas mano a mano y sin protocolo de Mariana Dahbar, por Radio Rivadavia AM 630.
Disponible en Spotify.
La fe crea algo donde antes no había nada.
En un nuevo episodio de Clandestina, conversamos con Débora Pedace, psicóloga clínica, autora de Yo me cuido y directora de un centro de salud mental que acompaña a cientos de personas a transitar sus procesos con una mirada tan humana como espiritual.
Habla con la serenidad de quien atravesó el dolor y decidió convertirlo en propósito. “Querer es poder”, dice, y no lo dice desde la autoayuda ni desde el cliché. Lo dice desde la experiencia.
“Querer es poder aunque no tengas los medios, aunque la realidad no acompañe, aunque la circunstancia sea adversa. Porque creer también es poder. La fe es eso: crear algo donde antes no había nada. Es mirar el abismo y decir igual voy a poder.”
Para Débora, la salud mental no puede entenderse sin conexión espiritual. “Podés hacer terapia, tomar medicación, pedir ayuda —y todo eso está bien—, pero también hay algo que te trasciende. Un alma que pide sentido. Cuando uno se arrodilla y dice ‘mostrame que existís’, ahí empieza el milagro.”
Su forma de acompañar no busca eliminar el dolor, sino entenderlo. “La ansiedad te lleva al futuro. La depresión te deja anclado en el pasado. Pero la fe te devuelve al presente, al único lugar donde realmente podemos sanar.”
Habla de procesos como quien conoce sus estaciones. “Un proceso es una temporada de la vida. Empieza, dura un tiempo y en algún momento termina. Te das cuenta de que estás saliendo cuando eso que tanto te dolía ya no ocupa el primer lugar en tu cabeza. Cuando podés recordar sin sufrir. Es como estar en julio y pensar en el verano sin sentir calor.”
Pero no romantiza: también reconoce que hay procesos que duran toda la vida. “Y está bien. Lo importante es que no te congeles adentro del dolor.”
Detrás de su calma hay una historia intensa: ataques de pánico, una depresión profunda, la enfermedad terminal de su hermana embarazada, crisis matrimoniales, pérdidas, miedos.
“Yo no pude con todo —dice—, pero Dios sí. Siempre me sostuvo una fe inamovible. No es mi fuerza: es una fuerza que me atraviesa.”
Débora está convencida de que las tres decisiones más importantes de la vida definen casi todo: la fe, el amor y la vocación. “Mi fe es mi base, mi esposo es mi compañero, y mi carrera es mi propósito. Si esas tres cosas están encausadas, hay equilibrio.”
Y cuando habla de Dios, no lo hace desde el dogma, sino desde lo vivido. “No puedo explicarlo con palabras, es algo experiencial. No se trata de entender a Dios, se trata de sentirlo. A quien no puede más, le diría: arrodillate, pedí una señal. No importa si no creés. Solo pedí. Lo que vas a sentir no tiene explicación lógica, pero tiene sentido.”
Débora Pedace no solo acompaña a sanar: acompaña a creer.
Porque a veces, cuando ya no hay fuerza, la fe hace lo que la razón no puede.
Autora de "Yo me cuido"
Seguila en Instagram: @deborapedace
Escuchá la entrevista completa en Clandestina.
Disponible en Spotify
“Mañana puede ser tarde.”
Un héroe sin capa que aprendió que cada minuto cuenta.
En un nuevo episodio de Clandestina, conversamos con Damián, más conocido como El Argentino: un hombre que decidió transformarse en superhéroe para devolver esperanza a quienes más la necesitan, los chicos que atraviesan enfermedades graves.
















